Revista ECOS UASD, Año XXXII, Vol. 2, No. 30, julio-diciembre de 2025. ISSN Impreso: 2310-0680. ISSN Electrónico: 3117-261X • Sitio web: https://revistas.uasd.edu.do/

Solidaridad periférica. La invasión holandesa a Puerto Rico de 1625 y los socorros recibidos desde la Tierra Adentro y Santo Domingo

Peripheral solidarity. Puerto Rico’s 1625 Dutch invasion and the aid received from the inland provinces and Santo Domingo

DOI: https://doi.org/10.51274/ecosuasd.v2i30.pp63-83

  Licenciado en derecho por la PUCMM, máster en Genealogía y Archivos por la universidad de Córdoba, investigador asociado del Dominican Studies Institute (CUNY), ha realizado estudios de historia y paleografía en distintas universidades extranjeras. Numerario de la Academia Dominicana de Genealogía, es correspondiente de la Academia Dominicana de Historia y la Real Academia Matritense de Heráldica. Ha publicado numerosos artículos en periódicos y revistas especializadas, es autor de El primer viaje del Quijote a Santo Domingo. Comercio, cultura, política y sociedad en la Española del siglo XVII y coautor de Inquisición e Imaginario.  Email: [email protected] . Orcid: http://orcid.org/0000-0002-6529-9942

Recibido: Aprobado:

UASD Jurnals - Open Access

Cómo citar: Ferrer Rodríguez, Joan M. . 2025. «Solidaridad periférica. La invasión holandesa a Puerto Rico de 1625 y los socorros recibidos desde la Tierra Adentro y Santo Domingo». Revista ECOSUASD 2 (30):63-83. https://doi.org/10.51274/ecosuasd.v2i30.pp63-83

Resumen

El presente artículo analiza el impacto de la Guerra de los Ochenta Años en el Caribe, con especial énfasis en la campaña orquestada por la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales para hostigar y desestabilizar a la Monarquía Hispánica, que se saldó con la fallida invasión de 1625 a Puerto Rico. Luego de fracasar en Brasil, la flota neerlandesa atacó San Juan, cuyas modestas defensas se antojaban como un objetivo relativamente fácil. Sin embargo, la guarnición local, atrincherada en el Morro, planteó una feroz defensa, que minó la moral de los invasores y les obligó a desistir de sus propósitos. De suerte que los holandeses abandonaron la isla, dejando tras de sí importantes pérdidas humanas y materiales. Los auxilios, internos y externos, fueron fundamentales para la estrategia de defensa, en particular los de la Tierra Adentro y Santo Domingo, confirmando que en el Caribe Hispánico se fue tejiendo una red periférica de resistencia y solidaridad, que actuaba cada vez que fuera necesario. El estudio ha supuesto la consulta de numerosas fuentes, documentales y gráficas, complementadas todas por un valioso corpus de recursos auxiliares, bibliográficos y digitales, de extraordinaria utilidad.


Palabras clave:

corsariato, Guerra de los Ochenta Años, Holanda, Mar Caribe, Países Bajos, Puerto Rico, Santo Domingo, siglo XVII

Abstract

This article analyses the impact of the Eighty Years' War in the Caribbean, with particular emphasis on the campaign orchestrated by the Dutch West India Company to harass and destabilize the Hispanic monarchy, that resulted in the failed invasion of Puerto Rico of 1625. After failing in Brazil, the Dutch fleet attacked San Juan, whose modest and unequipped defenses appeared to be a relatively easy target. However, the local garrison, entrenched in the fortress of El Morro, mounted a vigorous defense, which managed to undermine the morale of the invaders and forced them to give up their intentions. The Dutch left the island, leaving behind significant human and materials losses. The aid, both internal and external, particularly that which arrived from the inland provinces and from Santo Domingo was fundamental for the defense strategy, confirming that the Hispanic Caribbean had woven a peripheral network of resistance and solidarity that acted whenever necessary. The study has involved consulting numerous sources, both documentary and graphic, all complemented by a valuable corpus of auxiliary, bibliographic and digital sources, of extraordinary utility.


Keywords:

Caribbean Sea, Low Countries, Netherlands, privateering, Puerto Rico, Eighty Years’War, Santo Domingo, XVII Century

Abreviaturas

AGI             – Archivo General de Indias

BBM       – Biblioteca Brasiliana Guita e José Mindlin JCBL                 – John Carter Brown Library

MNP           – Museo Nacional del Prado

NANETH       – Naational Archief Netherlands

SAAMS – Stadsarchief Amsterdam

UBG            – Universiteit Bibliotheek Gent

Introducción

Para la confección de este artículo hemos escogido, como fenómeno preferente, un hecho que arriba, en este año 2025, a su cuarto centenario. Se trata de la invasión holandesa a San Juan, llevada a cabo por el general Balduino Enrico o Bauwen Heijndricxsz (ortografía correcta del apellido, según datos dados a luz recientemente por el investigador Godfried Vranke), ocurrida entre los meses de septiembre y noviembre de 1625. El hecho, que se enmarca en una estrategia puesta en marcha por las Provincias Unidas[1] desde 1621, fue el epílogo de un año desastroso para los neerlandeses, pues en un lapso de tan sólo cuatro meses fracasaron en Breda, Bahía, Elmina y Puerto Rico.

En términos cronológicos y geográficos, el estudio ocupa la parte in fine del año 1625, y se ciñe a la campaña atlántica de la Westindische Compagnie (Compañía de las Indias Occidentales o WIC, por sus siglas originales) en pos de interrumpir el flujo de recursos de América hacia España y controlar el mercado americano de materias primas. Con tal propósito, el trabajo resume, de manera muy sucinta, el contexto político bajo el cual se produjo la invasión de Puerto Rico: la Guerra de los ochenta años, un conflicto feroz y descarnado que fue desgastando a la monarquía universal, hasta el extremo de obligarla a efectuar concesiones cada vez más onerosas. Como resultado de esta escalada belicista, al término del siglo XVII, tanto holandeses como franceses e ingleses habían logrado establecer cabezas de playa permanentes en el Caribe (San Cristóbal, Barbados, Guadalupe, Martinica, Saint Domingue y Jamaica) y otros lugares de América.

El siguiente segmento del texto pretende ofrecer una mirada al San Juan del seiscientos, en especial en lo que concierne a su organización política, militar y religiosa, a algunos aspectos demográficos y de su estructura social, sin dejar de citar las principales cuestiones mercantiles y comerciales que daban forma a su aparato económico.

Siguen unos párrafos dedicados a desgranar los detalles de la invasión, desde los momentos previos al desembarco, hasta la dramática y prolongada salida del enemigo. Aunque el contraste entre la audacia de los sitiados y los errores de los sitiadores agrega valor al esfuerzo de los primeros, no desmerece en lo absoluto la hazaña de los segundos, en particular la habilidad de ingresar en una bahía reputada hasta entonces por inexpugnable. En definitiva, el sitio aparece cruzado por actitudes realmente extraordinarias, dignas de cualquier épica. Y es que los defensores lucharon a brazo partido por su vida y sus bienes, pero también por sus creencias. De esto último dan cuenta las cartas enviadas por Haro a lo largo del asedio, en las que se refiere a los sitiadores –despectivamente– como herejes y desvergonzados.

Por último, dedicaremos unos cuantos párrafos a lo que hemos dado en llamar la solidaridad periférica, manifestada fundamentalmente a través de los auxilios que fluyeron desde la Tierra Adentro y de Santo Domingo. Si bien se ha puesto énfasis en la enumeración y descripción de los medicamentos, es de rigor repasar también el resto de los rubros. Queda, no obstante, como tarea pendiente, conocer la identidad de los soldados enviados desde la capital de La Española, cuyos nombres (salvo un par de excepciones) siguen permaneciendo en el anonimato.

Por lo demás, la investigación se salda con las conclusiones, una galería biográfica, un glosario y una bibliografía general, que contribuyen a comprender aún mejor las especificidades del evento, en interés de seguir siempre abriendo líneas de investigación alrededor del tema.

Cabe agregar que, como base para confeccionar el artículo, se ha utilizado un amplio abanico de fuentes de archivo, documentales y gráficas, tanto españolas y holandesas, como norteamericanas y brasileñas, las cuales se complementan con un valioso corpus de fuentes auxiliares, bibliográficas y digitales, de extraordinaria utilidad. El propósito ha sido, desde luego, aportar cuantas novedades informativas ha devuelto la consulta de dichas fuentes. Hay que aclarar, igualmente, que se ha respetado la grafía de los impresos holandeses, cuyos títulos aparecen transcritos de manera literal, para hacer más fácil su localización en los archivos de origen.

El contexto político: la Guerra de los

Ochenta Años (1568-1648)

Si bien la Guerra de los Ochenta Años enfrentó, de manera directa –y en un contexto estrictamente europeo– a España y a los Países Bajos, luego de la Tregua de los Doce Años (1609-1621) el conflicto se trasladó también a la periferia, donde el imperio había sido, era y seguiría siendo más vulnerable.[2] A tenor de lo anterior, las invasiones de Salvador de Bahía (1624) y Puerto Rico (1625), la captura de la Flota de Indias en Matanzas (1628), la Batalla de la Sal por el control de Punta Araya (1628), la ocupación de Recife (1630), la construcción de las salinas de Tortuga (1630) y las tomas de Curaçao (1634) y Elmina (1637), son todos eventos que han influido profundamente en la historia del mundo atlántico,3 y no pueden, por tanto, entenderse como hechos aislados, como tampoco pueden analizarse sin antes calibrar las robustas conexiones que tuvieron con los acontecimientos políticos que sacudían entonces a Europa.

Recordemos que uno de los principales argumentos de los holandeses para el desarrollo de su política de expansión había sido la tesis del Mare Liberum –Mar Libre– publicada en 1609 por el jurista y escritor Hugo Grocio (Delft, 1583), en franca oposición a la teoría del Mare Clausum –Mar Cerrado– defendida por la intelligentsia ibérica a propósito de la unión dinástica que vinculó a España y a Portugal entre 1580 y 1640. Debemos señalar, asimismo, que los neerlandeses contaron, a partir de 1621, con un importante –importantísimo– brazo operativo: la Westindische Compagnie (Compañía de las Indias Occidentales o WIC, por sus siglas originales), sociedad de corte precapitalista, fundada en Ámsterdam a poco de haber reiniciado las hostilidades.

De acuerdo con las condiciones históricas de tiempo y espacio, la aparición de la WIC trajo aparejada una serie de consecuencias nada fortuitas, que obedecían, más bien, a un plan bastante estructurado: el Groot Desseyn (Gran Diseño), cuyo objetivo central era, como se ha dicho, desestabilizar y hostigar a la monarquía ibérica, ora despojándola de plazas fuertes en África y

holandeses y daneses. Véase Engel Sluiter, “Dutch-spanish rivalry in the Caribbean area, 1594-1609”, HAHR, vol. XXVIII, núm. 2, (Durham: Duke University Press, 1948), 165-196.

3 No se consideran aquí, ni el bloqueo de las costas peruanas ni la quema del puerto de Guayaquil (1624). Ver Jonathan I. Israel, The Dutch Republic and the Hispanic World, 1606-1661, (Oxford: Clarendon Press, 1986), 129.

América,[3] ora mediante la práctica del comercio ilícito, los rescates y el contrabando, efectuados los tres al margen de las insufribles reglas impuestas por el monopolio sevillano. En esa misma línea de acción, cabe agregar que los neerlandeses también se abandonaron al ejercicio del corso y la piratería, capturando o (en su defecto) hundiendo en aguas americanas las flotas y naves que alimentaban las arcas españolas desde las cuales se sustentaba el esfuerzo bélico de la metrópoli.

Como bien apunta Israel, se trataba simplemente de frenar a España en todos los escenarios y por todos los medios posibles.[4] De su parte, los autorizados trabajos de Goslinga sugieren que, a diferencia de la Verenigde Oostindische Compagnie (Compañía Holandesa de las Indias Orientales, VOC por sus siglas originales), la WIC fue diseñada como un sofisticado instrumento de guerra,[5] asociado a la lucha por la independencia, lo que le confería ciertos ribetes patrióticos. La prueba más elocuente de toda esta postura aparece contenida en un impreso de 1629, en el que se exponían las consideraciones y razones del directorio de la WIC para objetar la pertinencia de celebrar cualquier tratado o tregua con el rey de España.[6] No debe sorprender, tampoco, que en medio de aquellas circunstancias de enfrentamiento (político, religioso y comercial) entre la monarquía católica y las Provincias Unidas, la WIC privilegiase el traslado hacia sus asentamientos de familias protestantes, militantes de la Iglesia reformada calvinista.8

Schouten, H. P. Casa de las Indias Occidentales, antiguamente Voetboogdoelen, en el canal Singel, cerca de Heiligeweg. Colección Atlas

Splitgerber, 1792 / SAAMS, Archivo de imagen 010001000528

Teniendo en cuenta todo lo anterior, es preciso aclarar que el corso fue más productivo que cualquier otra actividad, pues: “en el lapso comprendido entre 1622 y 1636 los barcos de la Compañía de las Indias Occidentales capturaron 547 embarcaciones enemigas, avaluados sus casos en 6.710.000 florines. Sus cargamentos fueron vendidos en Holanda en 30.000.000 de florines. Para

met dem Coning van Spangjen, (Haarlem: Adriaen Rooman, 1629).

8 D. L. Doorlander, “For the maintenance of the true religion: Calvinism and the directors of the West India Company”, Sixteenth Century Journal vol. XLIV núm. I (Chicago: University of Chicago Press, 2013).

lograr tan brillantes resultados la Compañía puso en servicio 800 barcos de guerra y 67.000 marinos y soldados”.[7] Dicho esto, es necesario hacer una distinción entre el corso y los proyectos de colonización, ya que estos últimos suponían el diseño de una estrategia demográfica, de migración y poblamiento, amén de la correspondiente inversión en infraestructuras defensivas y manutención de milicias. Precisamente por eso, en los Estados Generales nunca existió consenso en cuanto a la estrategia que debía ponerse en marcha.

Sabemos, no obstante, que la decisión de asaltar Curaçao fue finalmente resuelta por el Heeren XIX o directorio de la WIC y confiada, por aquel mismo organismo, al almirante Joannes van Walbeeck y al militar hugonote Pierre le Grand. El control sobre esta isla (junto con las de Aruba y Bonaire, ambas conquistadas en 1636) permitió a la compañía disponer de un centro idóneo de operaciones, tanto para almacenar y distribuir los efectos de comercio que ingresaban y egresaban a la región, como para proveer de pertrechos y bastimentos a los navíos holandeses involucrados en el proyecto colonial. En conjunto, estos episodios explican porque Curaçao fue, durante las centurias siguientes, un entrepôt orientado al comercio trasatlántico e intérlope, jugando un papel primordial en todo lo que tocaba al tráfico de esclavos.

Más adelante, en 1638, los holandeses se hicieron con San Eustaquio y Saba, y diez años después se firmó la Paz de Westfalia, que dio fin al enfrentamiento mediante los Tratados de Münster y Osnabrück, en los cuales se reconoció –además– la soberanía de los Países Bajos sobre la mitad de la isla de San Martín. De la lectura de los párrafos precedentes, se infiere que los súbditos de las Provincias Unidas, atizados por los exiliados calvinistas llegados desde las Provincias del Sur[8] y/o por los judíos sefarditas huidos de España y Portugal, se esforzaron por sacar la guerra de independencia de sus fronteras naturales, logrando que obtuviera carta de naturaleza en el Caribe.

Por lo demás, el año de 1625 fue particularmente activo para la compañía, que puso en marcha un plan de acción en distintos frentes, armando para ello una potente flota. Por general iba Balduino Enrico o Bauwen Heijndricxsz, a quien la WIC había enviado a socorrer San Salvador de Bahía de Todos los Santos, un centro de producción azucarera que se encontraba entonces en manos holandesas y se hallaba en riesgo de ser recuperada por los españoles. La escuadra, fuertemente artillada, constaba de dos partes, comandadas por los almirantes Jan Dircksz Lam y Andries Veron, responsables del liderazgo marítimo y militar, respectivamente. Pero, por alguna razón que desconocemos, algunos de los componentes partieron más tarde que el resto, luego de encontrar una tormenta en el mar del Norte.

Digamos, a modo de síntesis, que la armada con que Enrico cruzó el Atlántico partió de Texel a primeros de marzo de 1625 y quedó finalmente compuesta por más de una treintena de buques[9] y un contingente de aproximadamente 6.500 hombres. Sin embargo, para cuando arribó a Brasil los holandeses habían sido ya desalojados. De manera, que hubo de cambiar rápidamente de planes: navegó hacia el norte, durante varios días, hasta que pudo hacer aguada y atender a los enfermos en la Bahía da Traiçao, tierra de los potiguaras y término de la capitanía de Paraiba. Sabiendo que la amenaza seguía latente, el gobernador de Brasil, Matías de Albuquerque, envió hasta allí una expedición punitiva, razón por la cual Enrico hubo de embarcar subrepticiamente, y pasar a dividir la flota en dos. Una parte –al mando de Veron– tomaría el rumbo de la Costa del Oro, con el fin de hostilizar las posesiones portuguesas, en particular la fortaleza de San Jorge Elmina, cuya guarnición constaba de 56 hombres y se encontraba reforzada por 200 milicias locales.12 La otra, con 18 barcos y mandada por el propio Enrico, enfiló hacia el Caribe, con ánimo de lanzarse sobre Puerto Rico, una empresa secundaria comparada con la de Brasil, aunque no menos importante, porque la isla era considerada “puerta de las Indias” y porque abundaban allí la sal, el jengibre, el azúcar, la cañafístola y la corambre, todas materias primas muy estimadas por los neerlandeses.

Lo que no calculó o quizás ignoraba el general, es que no se puede atravesar el Caribe en pleno septiembre y pretender salir indemne de las inclemencias del tiempo: el día 10, luego de abandonar San Vicente, fueron embestidos por una tormenta que dividió la formación, causó serios estragos entre naves y tripulación y envió el casco del Vlissinjen al fondo del mar. Otro revés más…

12 Arribó a Sierra Leona a finales de agosto y allí se encontró, por casualidad, con Lam. La flota quedó conformada por 15 barcos y una tropa aproximada de 1600 a 1700 hombres. Justo antes del ataque, llegaron cuatro embarcaciones más, con 150 soldados nativos al mando de Arent Jacobsen. Correspondió entonces a Veron, junto a su ejército, desembarcar cerca de la aldea de Komenda, mientras que Lam coordinaría la operación combinada —marítima y terrestre— desde el buque insignia. El 26 de octubre, los expedicionarios marcharon a lo largo de la costa, desde Komenda hasta Elmina, a una distancia aproximada de tres leguas. Se detuvieron a descansar fuera del alcance del castillo, donde fueron emboscados y masacrados por un contingente africano aliado de los portugueses. Murieron un total de 441 hombres entre los que se encontraba Veron. El 5 de noviembre la flota bombardeó de nuevo a Elmina, aunque con poco éxito, a raíz de lo cual Lam y sus consejeros decidieron emprender rumbo hacia las costas de Brasil. Luego de un periplo nada halagüeño, el 26 de junio de 1626, todos los barcos de la flota original se hallaban de vuelta en Holanda, sin haber sacado nada en limpio. Tras encajar todos estos fracasos, la WIC depositó sus esperanzas en el corso, que se saldó con la captura de la Flota de 1628. En la actualidad, el Archivo Nacional de Holanda conserva un interesante grabado que recrea el asalto a Elmina, disponible en NANETH. Afbeelding van het Kasteel d'Elmina en het fort St. Jago, benevens de gelande troepen en eene Vloot op de reed. Signatura NL-HaNA_4. VEL_771.

El contexto espacial: 

Puerto Rico en el siglo XVII

Según la Memoria y descripción de la isla de Puerto Rico, concluida por el capitán Juan Melgarejo en 1582, en fecha no muy lejana a la invasión de San Juan por Enrico, “en la cibdad de Puerto Rico, sobre la mar y puerto y barra de ella está la Fortaleza con una plataforma en donde está la artillería que son doce piezas. A la entrada del puerto, en una angostura, está una fuerza que llaman el Morro, que en una plataforma del tiene seis piezas medianas de bronce… la Fortaleza tiene muy buenos aposentos y salas y dos aljibes de agua, buen patio labrado de cantería y tapiería; tiene su sobrerronda, que se puede andar por dentro, tiene su homenaje en tiempo de necesidad, podrán caber doscientas personas dentro, a la puerta tiene un revellín que en el ay otra puerta, que sale al contrario de la fortaleza, y delante de la puerta del revellín tiene una media bola para su defensa, es de muy hermosa vista por dentro, y de fuera no puede minarse por esta sobre peña”.[10]

Más adelante, el documento agrega que “hay una iglesia catedral y es parroquial… hay monasterios de frailes dominicos, de buenos edificios salvo que están arruinados… un hospital de la Concepción de Nuestra Señora, que lo fundo Pedro de Herrera, vecino que fue de esta ciudad… ay otro que llaman el hospital de Sant Alfonso”.[11] En otra parte se dice que sus casas eran de “tapierías y ladrillo” y que los materiales empleados en su construcción eran “barro colorado, arenisco y cal tosca de piedra… son de tejas las coberturas de las casas y algunas de azoteas, aunque las menos, las demás casas se hacen de estantería, arboles muy derechos, y entabladas con unas tablas que se hacen de palmeras y las cubiertas son de tejas”.15

Joannes de Laet, Vista de San Juan de Puerto Rico, extraída de Historie Ofte… (Leyden: By Bonaventure ende Abraham Elsevier, 1644), 58bis / JCBL. Record number 03502-3

Su población, calculada en 1581 por Diego de Salamanca en un total de 1,325 “almas de confesión”, estuvo casi siempre sujeta a los rigores típicos de la sociedad estamental. De modo, que la repartición de tierras y privilegios del siglo XVI dio origen a una estructura esclavista, con escasas oportunidades de movilidad social, basada en la explotación de indios y negros y dominada –naturalmente– por una minúscula elite, ubicada en el vértice de la pirámide (funcionarios de la corona y el cabildo, oficiales militares, dignidades eclesiásticas, descendientes de los “primeros pobladores y conquistadores” y señores de ingenios). En medio, se encontraban los pequeños comerciantes, artesanos y soldados, tanto peninsulares y extranjeros (portugueses) como criollos, mientras que en la base se hallaban los negros y mulatos, casi todos privados de libertad. En opinión de Vila Vilar, las cuentas de la Real Hacienda dejan entrever que “tan solo entre 1607 y 1633 entraron legalmente alrededor de 2,240 esclavos”[12] cifra que contribuye a dimensionar la proporción y el peso específico del elemento africano en el colectivo, teniendo en cuenta que para 1640 la población total de la isla se estimaba en unas 6,000 personas.

Los calificados trabajos de Wolff sugieren que fue –precisamente– el comercio de esclavos lo que “insertó a Puerto Rico y sus gentes en el espacio atlántico a fines del siglo XVI y principios del siglo XVII”.[13] Y, pese a que la isla era tenida a menos por los responsables del monopolio sevillano, el “comercio marítimo a través de los circuitos oficiales era complementado por un robusto tráfico de contrabando y “rescates” con corsarios, privateers y aventureros comerciales franceses, ingleses y holandeses”.[14]

Para esas fechas, la provincia de Puerto Rico estaba dirigida por un gobernador y capitán general, designado por el rey, con atribuciones gubernativas y de administración de justicia, aunque supeditada jurisdiccionalmente a la Real Audiencia de Santo Domingo en funciones de tribunal de alzada. Reinaba entonces en la península Felipe IV, representado en la isla por el gobernador y capitán general Juan de Haro y Sanvítores, junto a los oficiales reales y encargados de las finanzas, Gaspar Flores de Capdevila, tesorero y Francisco de Tajagrano, contador.[15] Un dato importante, a efectos de la presente investigación, es que por cédula de Felipe III del 26 de enero de 1599, se exoneró al gobernador y capitán general de Puerto Rico de subordinación a la audiencia dominicopolitana en materias de milicia y guerra. Es decir, que las decisiones tomadas por Haro a raíz de los sucesos descritos en los párrafos siguientes fueron completamente legítimas y soberanas.

Por lo que se refiere al gobierno municipal, estaba integrado por los regidores Melchor Pérez Cerrato, Luis Rosado, Francisco Daza, Diego Montañés y Francisco de Ribafrecha, los alcaldes ordinarios Diego Benítez de Luyando y Alonso de Figueroa y el alférez mayor Luis Pérez de Ayala. Se presume, naturalmente, que habría otros funcionarios edilicios (un alcalde de la Santa Hermandad, un procurador general, un mayordomo, un escribano de cabildo y un fiel ejecutor), pero la destrucción del archivo por parte del ejército invasor arrasó con todos los fondos existentes, obligando al investigador de los siglos XVI y XVII a reconstruir la historia de aquel San Juan a partir de fuentes subsidiarias.

En cabeza del estado eclesiástico se encontraba Bernardo de Valbuena y Villanueva, obispo de San Juan, cuyo capítulo catedralicio estaba compuesto (al menos nominalmente) por el recién designado deán Félix de Gálvez Carvajal,[16] el arcediano Luis Ponce de León, el chantre García Ponce de León,[17] los racioneros Bernardino Riverol de Castilla y Melchor Luis de Vega, los canónigos Gregorio de Luyando y Pedro Moreno de Villamayor, el capellán Juan Ruiz de Andrada y el cura de la catedral Alonso de Ulloa.

Por parte del estamento militar, es de recibo mencionar a los capitanes de compañía Juan de Amézqueta Quijano,[18] Sebastián de Ávila, Antonio Mercado Peñalosa, Andrés Botello y Cabrera, y Pedro Pantoja, a quienes correspondía la difícil tarea de gestionar una artillería en muy mal estado y unas existencias limitadas de pólvora. El libro de cuentas correspondiente al periodo estudiado, indica que el “tenedor de bastimentos” era Pedro de Irrizarri, que Luis Sánchez era el armero encargado de “aderezar los mosquetes, picas y arcabuces que tiene su magestad en la sala de armas de San Felipe del Morro,”[19] que Juan Báez Casado fungía como teniente de dicha fortaleza y que García de Torres era sargento mayor de la plaza.

Este era, en resumen, el aspecto que presentaba la ciudad en la tarde del miércoles 24 de septiembre de 1625, cuando asomó sobre el horizonte la armada holandesa, con su velamen desplegado al viento. Y, aunque Haro no llegaba aún a su primer mes de mandato y se encontraba todavía instruyendo la residencia de su predecesor Juan de Vargas, hay que significar que era un auténtico veterano, curtido en los tercios de Flandes y la Carrera de Indias, uno de esos militares de casta que no se arredraba ante nada. No quedan dudas, pues, de que Enrico tenía ante sí a un formidable adversario.

El nuevo objetivo:  San Juan Bautista de Puerto Rico,  llave y puerta de todas las Indias

Luego de confirmarse la naturaleza y cantidad de los navíos (17),[20] las campanas de la ciudad tocaron a rebato, a fin de que la población pudiese tomar las previsiones de lugar y poner vida y bienes a resguardo. Se metieron “bastimentos en el Morro” y se despacharon comisiones para “recoger cualquier género de embarcación, y con ellos socorriesen la fuerza con el abasto de carne, casabe y maíz que se hallase”.[21] Larrasa sugiere que se llevaron 120 cargas de casabe, 46 fanegas de maíz, 130 botijuelas de aceite, 10 barriles de bizcocho, 300 quesos de las islas, una pipa de harina, 50 peruleras de vino, 200 aves, 150 cajetas de carne de membrillo, 50 reses y 20 caballos.26

El ejército invasor, de su lado, entró en la bahía el jueves 25 de septiembre, soportando el fuego cruzado que llovía tanto desde el castillo de San Felipe del Morro como desde el Cañuelo, un pequeño fortín situado en una isleta al oeste del puerto, en el extremo opuesto al Morro. Aunque está confirmado que los artilleros, españoles y criollos, eran pocos e inexpertos, la pólvora estaba en malas condiciones y las cureñas de las piezas de artillería tan deterioradas que, al disparar, los cañones quedaban descabalgados, de Laet, testigo de excepción de los hechos, asegura que la metralla alcanzó la nave almiranta, matando a cuatro hombres e hiriendo a otros tantos.27

Al atardecer de aquel mismo día, Haro dio orden de replegarse al Morro. A todo esto, es preciso señalar que hubo dos compañías encargadas de oponer resistencia al desembarco, que fueron la de forasteros, bajo el mando de Juan de Amézqueta y la de negros, dirigida por Patricio de la Concepción. Atrincherada en el castillo, la fuerza defensiva estaba integrada por unos 330 efectivos, encabezados por el gobernador, quien había enviado correos a España,28 Santo Domingo, Cumaná,29 Margarita, Cartagena y La Habana30 solicitando “socorro de pólvora, municiones y bastimentos”, argumentando contar con provisiones para resistir sólo durante un mes.

Puede que en aquel momento no sirviera de mucho a los defensores, pero en las cuentas oficiales de Tajagrano se consigna que, entre los meses

civil y natural de la isla de San Juan Bautista de Puerto Rico, (Puerto Rico: Imprenta y Librería de Acosta, 1866), 169.

26    Diego de Larrasa, “Relación de la entrada…”, 169.

27    Johannes de Laet. Historie Ofte Iaerlijck Verhael Van de Verrichtinghen der Geoctroyeerde Weſt Indiſche Compagnie (Leyden: By Bonaventure ende Abraham Elsevier, 1644), 59-60.

28    Para estos propósitos, se fletó la fragata de Manuel Gato y Francisco de Quirós.

29    Se encomendó la misión a la fragata Agua Santa, de don Ángel Moxica.

30    Hizo el viaje la fragata de Roque Andrés, pilotada por Juan Pérez Pintado.

de febrero y marzo de 1625, el todavía gobernador Juan de Vargas había metido en el Morro algo de cuerda para mosquetes y arcabuces, además de hierro, clavazón y hachas.[22]

Presas del pánico, mujeres, niños y ancianos buscaron refugio en la tierra adentro, mientras la guarnición y los hombres en condición de portar armas se prepararon para el sitio. El holandés, que había concluido el desembarco entre los días 26 y 27[23] de septiembre, avanzó sobre el núcleo urbano, estableciendo su cuartel general en la fortaleza de Santa Catalina y designando por jefe de guardia al capitán Molckman. Acto seguido – según crónica de Laet– se izó la bandera de las Provincias Unidas, se dictó un bando contra la embriaguez y se apersonaron en la catedral, tomando allí cuanto había de valor. Sólo restaban el Morro, Haro, Amézqueta, Botello, Vargas y Juan Pérez el Bueno. ¡Casi nada…!

Continuando con nuestra relación, los hechos destacables del día 30 fueron: el derribo de un sargento holandés, que había salido “fuera de las trincheras, con una espada desnuda haciendo bizarrías”,[24] y el rechazo a la oferta de rendición formulada por Enrico el día anterior. Frente a esta postura tan poco conciliadora, el general holandés redobló esfuerzos para intentar someter el castillo. Sin embargo, aunque apostó baterías desde las que pudo cañonear directamente sus muros y de que terminó –también– por conquistar el Cañuelo, nada de ello reportó cambios significativos en la configuración del sitio. Por eso, la construcción de las trincheras y aproches en el Calvario, justo afuera del Morro, junto con la destrucción de una de sus torres adosadas, se reducen hoy a simples anécdotas.

El lunes, día 1 de octubre, apareció frente a las costas una balandra que venía de Canarias y que, ante la perspectiva de caer presa de los holandeses, optó por desviarse a Santo Domingo. Se capturó, asimismo, a un soldado neerlandés de quien, dijo posteriormente el propio Haro, no se pudo sacar mucho en claro, más que las noticias generales de la armada (es decir, origen, número de gente y pertrechos).[25]

Otros protagonistas, como el capitán y alcalde Alonso de Figueroa y el paisano Juan Acensio, se hallaban en los alrededores de la ciudad, ya fuera encargándose de las remesas de provisiones que debían fluir al Morro desde el exterior, ya realizando labores de espionaje detrás de las líneas enemigas. Precisamente, en carta de Haro a Figueroa, fechada a 4 de octubre, solemnidad de San Francisco, el gobernador aseguraba haber recibido el casabe e informaba el inicio de un plan de racionamiento. Se congratulaba por el envió de la damajagua, el jaguey y el bejuco de calabaza, todos ellos muy necesarios, en especial el jaguey, porque servía para hacer mechas. Urgía a su interlocutor a enviar más canoas, insistiendo en la necesidad de casabe, sal, carne salada, huevos y jabón para lavar las heridas. Solicitaba, igualmente, la incorporación de Juan Pérez el Bueno y la remisión al castillo de un carpintero que hablaba holandés, llamado Juan de Prada. Aquel mismo día, más temprano, se habían producido las infructuosas “encamisadas”[26] de los capitanes Alonso de Mercado Peñalosa, Sebastián de Ávila y Andrés Botello, al mando de tres compañías de a veinte y tantos hombres cada una.

La primera vuelta de tuerca llegó, si se quiere, a mediodía del domingo 5 de octubre, cuando el capitán Amézqueta, al mando de 40 hombres, encabezó un salida relámpago sobre las trincheras ofensivas, que se saldó con un total de 10 enemigos muertos y 60 heridos. En dicha refriega, se distinguió notablemente, por parte de los criollos, el nombrado Juan Acensio quien, pica en mano, dispuso de un sargento mayor neerlandés. La segunda se produjo seis días después, ya que el jueves 11 de octubre un grupo de paisanos consiguió capturar una lancha con 12 holandeses borrachos a bordo, de los cuales 10 fueron pasados a cuchillo, uno huyó y el otro quedó en cautiverio. La acción reviste especial importancia, pues esta será la lancha que utilizará el capitán Andrés Botello, nombrado cabo de la gente de guerra de Bayamón y Cangrejos, para efectuar sus futuras razias nocturnas. Un día después, es decir el 12 de octubre, Botello reunió a un grupo de milicianos con los que eventualmente dio inicio al contrataque.

El martes 14, fiesta de San Calixto, Botello y los suyos se adentraron en el río Bayamón, capturando dos lanchas más. Estas embarcaciones, llevadas río arriba, fueron oportunamente aseguradas, con la intención de ser utilizadas en las tareas de abasto del Morro. En retaliación, el miércoles 15 los holandeses enviaron 7 naves auxiliares a sondear el cauce del Bayamón, donde cayeron víctimas de una emboscada y terminaron perdiendo dos lanchas adicionales. Con semejantes recursos a mano, el jueves 16 de octubre, a las diez de la noche, un grupo de treinta voluntarios mandados por Botello (a cuya cabeza habían puesto precio) tomó por sorpresa a los holandeses que custodiaban el Cañuelo y prendió fuego al fortín, no sin antes capturar una de dos lanchas que patrullaban los alrededores, matando a dos enemigos y capturando a catorce. En estos sucesos se distinguió Juan Pérez el Bueno, quien quedó al mando del minúsculo baluarte, rechazando cada uno de los intentos holandeses por reconquistarlo y a quien toco ir al lugar llamado Cerro Gordo a buscar las provisiones que habían llegado de Santo Domingo.

Dos días después, el general holandés dio orden de arrimar dos naos al Morro, intentando provocar un equívoco de los sitiados. Pero, lejos de ir en su persecución y arriesgar las lanchas, Haro “les dio tan buena batería que otro día con toda prisa se retiraron”.[27] Como se ve, los defensores no paraban de hilvanar victorias, en detrimento de la moral de los neerlandeses que iba, por el contrario, en franco descenso. Tanto así, que uno de los inexpertos artilleros del Morro consiguió acertar de lleno en uno de los cañones del asedio, ocasionando la baja de cuantos manejaban la pieza. Paralelamente, la facción comandada por don Juan de Vargas, entregada a una estrategia de guerra no convencional, iba también destruyendo naves ligeras holandesas y liquidando y apresando enemigos con una efectividad pasmosa. A mayor abundamiento, una misiva de Haro a Figueroa, enviada a 20 de octubre, requería la presencia de Pedro Martín, el herrero, con veinte sacos de carbón, una docena de lanadas y materiales para sogas y mechas.[28]

Enfrentado a esta nueva coyuntura, a Enrico no le quedó más remedio que empezar a planear la retirada, trasladar el escaso producto del pillaje a las bodegas de sus barcos e intentar negociar un rescate, que planteó al gobernador Haro por carta del martes 21 de octubre. La respuesta de don Juan, fechada el mismo día, no deja lugar alguno a la especulación: “y si todo el poder que queda en Olanda estuviera hoy en Puerto-Rico, lo estimara en mucho, porque vieran el valor de los españoles. Y si quemaren el lugar, valor tienen los vecinos para hacer otras casas, porque les queda la madera en el monte y los materiales en la tierra. Y hoy estoy en esta fuerza con la gente que me basta para quemar á toda la suya”.[29] San Juan iba a ser liberada.

Acto seguido, Enrico ordenó prender fuego a la ciudad, a raíz de lo cual desaparecieron 50 casas de madera y 46 de piedra, junto con todo el patrimonio documental (de la iglesia, el cabildo y la gobernación) y algunos sambenitos. Pasto de las llamas cayeron, también, la copiosa biblioteca del obispo Bernardo de Balbuena, la fortaleza vieja, parte del convento de Santo Tomás y las naves atracadas en puerto. Es decir, que la retirada fue dramática y el desquite de los holandeses brutal. A las diez de la mañana del día 22 de octubre, mientras San Juan ardía, los intrusos embarcaban. Ocupados en asegurar posiciones y extinguir el incendio, a la guarnición y a los vecinos les fue imposible revertir el latrocinio.

Las huestes de Enrico permanecieron en el fondeadero durante diez largos días, esperando que un viento favorable les impulsase fuera. Consciente de la situación, el gobernador Haro reunió a carpinteros y herreros, ordenándoles que trabajasen en la confección de una cadena de palos que sería desplegada en la parte más estrecha del canal, obstruyendo la retirada. Sin embargo, el sábado 1 de noviembre, día de Todos los Santos, las naves holandesas pudieron por fin empezar a evacuar la bahía. El último navío en salir lo hizo el domingo 2 de noviembre y fue, naturalmente, despedido a cañonazos. El fuego español no sólo hizo encallar la nave capitana Medenblink,[30] sino que dejó otra desarbolada (que no pudieron remolcar y fue rematada junto a la anterior) e infligió serios daños al resto que logró, no obstante, abandonar de la rada y ponerse a salvo. El balance para los holandeses al concluir la operación fue nefasto: varios centenares de bajas, por tan sólo 11 de los hispanos y criollos.

El auxilio interno llegó por diferentes vías: primero desde la tierra adentro y luego desde el exterior. Así, en una relación de méritos y servicios formulada en Santo Domingo por un bisnieto de Luis de Coronado y Aguilar, se establece que el bisabuelo había juntado “toda la gente que pudo de Infantería, y Caballería, en la Villa de San Germán, (donde se hallaba) y con ella partió a socorrer la referida Ciudad (de San Juan), y con efecto lo consiguió”.[31] En total, 280 hombres de San Germán, Coamo y Arecibo. Todos, paisanos y campesinos se unieron al esfuerzo defensivo, protegiendo con uñas y dientes sus haciendas, estancias, conucos y medios de vida.

La recuperación de San Juan de Puerto Rico, alrededor de 1634-1635, por Eugenio Cajés. (Museo Nacional del Prado. Colección, P00653)

Queda claro, también, que el entonces gobernador y presidente de la Real Audiencia de la Española, don Diego de Acuña y Ulloa, despachó dos fragatas. La primera, al enterarse del ataque por boca de unos marineros, fue transportada por el alférez Alonso Hernández de la Rosa y llevaba 64 cargas y 4 tortas de casabe, 201 arrobas de harina, 6 barriles de bizcocho, 100 quesos de las islas, 40 botijas de aceite, 4 barriles de vinagre, 1 serón de cebollas, 44 libras de arroz, 43 fanegas de maíz, 72 arrobas y 6 libras de carne, 100 gallinas, 128 haces de leña, 4 cajitas de conserva de membrillo, 2,000 plátanos, 252 huevos, 2 serones de carbón y 2 serones de tabaco. La segunda, luego de recibir las cartas de Haro, fue encomendada al capitán Francisco de Acuña. Según Diego de Larrasa, en esta última iban “casabe, carne, maíz, biscocho, harinas, quesos, gallinas, huevos y medicinas, hasta carbón para la Fragua”,[32] además de dos cureñas con sus ruedas, 19 quintales y dos arrobas de cuerda, 19 quintales de plomo, 60 mosquetes, 14 arcabuces, 40 picas y 10,000 balas de mosquete. Comandando el auxilio militar dominicopolitano, de 168 soldados, divididos en dos compañías,[33] iba el capitán Pedro Pérez de Aristiçabal, según se desprende de la relación del soldado Miguel

Chaporta Mezeta.[34]

A La Habana, en cambio, la noticia de la invasión llegó el 7 de noviembre. Y por cartas de Cristóbal de Aranda, castellano del Morro habanero, sabemos que el día 18 partieron del puerto cubano un navío y una fragata grande cargados con vituallas, hombres y municiones. Idéntica (y también tardía) reacción produjo la noticia en Holanda, pues por resolución ordinaria de los Estados Generales fechada a 24 de enero de 1626 se decidió enviar refuerzos a Puerto Rico.[35]

Un aspecto harto interesante es que el relato de Larrasa contrasta dramáticamente con el de Laet, que atribuye a Hendricks una resonante victoria:

“Baudouin, lleno de heroico coraje, después de salvar la estrecha boca bajo el fuego del castillo que la protege (lo que hasta entonces nadie había osado hacer con navíos de gran porte), sin casi sufrir daño en su barco y menos aún en los demás, fondeó en el puerto… Embarcó no solo sus propios cañones, sino los que estaban en la isla y un rico botín. Arrasó casi completamente la ciudad, quemó siete navíos enemigos que se encontraban en la bahía, y emprendió la retirada en orden de batalla. A favor del buen viento, pasó de nuevo la boca y se alejó triunfante con la pérdida de un solo navío”.[36]

Una vez agrupada, la flota emprendió el rumbo de la Aguada, donde se mantuvo estacionada durante cuarenta días, bajo la atenta vigilancia de las milicias locales. Los neerlandeses habían, ciertamente, cejando en su empeño de conquistar Puerto Rico, pero no podían darse el lujo de volver a casa con las manos vacías, a sabiendas de lo cual el presidente Diego de Acuña despachó dos barcos para que “anduviesen por la costa a la mira y vista del enemigo para entender la derrota que tomavan”.[37] La flota corsaria merodeó por las islas Mona, Saona y Española, barloventeando entre las puntas de Caucedo y Nizao, atacando la torrecilla de la boca del puerto y capturando una fragata que venía de Cartagena con cueros y sal, tildando a sus tripulantes de “bellacos españoles”. El arzobispo Pedro de Oviedo, en carta al rey del 23 de diciembre de 1625, afirmaba que el peligro sobre la primada de Indias había sido tan inminente que ordenó al clero prepararse para empuñar las armas en defensa de Su Majestad.

Se tomaron previsiones en la fuerza principal, el fuerte del estudio y el matadero y en “estorvar la entrada del puerto”, atravesando 5 navíos “ligados unos con otros que tomavan todo lo ancho del puerto y cerca de ellos se puso una cadena de troncos de palma y en la misma forma se puso un cable muy grueso y atesado que debajo del agua ynpedia entrar navíos ningunos y demás desto se puso un famoso galeon nuevo que aquí sea fabricado y otro navío de mas de ducientas toneladas con mucha y buena artillería atravesados en el rio”.[38] Con todo, algunas de las embarcaciones enemigas tomaron tierra en la parte occidental de la isla, con perros, lanzas y mosquetes. Y, aunque desistieron de entrar en La Yaguana, depositaron en el Caimito a 18 tripulantes de una de las fragatas que habían capturado durante su periplo.

Luego, se dirigieron a Pampatar, Pueblo de la Mar y Araya, un trayecto marcado por el pillaje, el asalto de barcos y el saqueo de poblaciones menores, de limitado valor económico o estratégico. En fin, nada que compensase la inversión realizada en armar semejante flota. Sólo quedaba Cuba. Dicho esto, navegaron por el litoral situado entre Matanzas y Cabañas, donde hicieron aguada y aprovecharon para abastecerse de leña y agua y robar ganado, frutas y víveres. Santovenia relata que al “hacerse de nuevo a la vela en Cabañas, favorecidos por el tiempo, los holandeses tomaron el rumbo de La Habana… Concibieron la idea de asediar la población. Pusieron sin más tardanza estrecho bloqueo a la plaza. Amagaron. Llegaron hasta cruzar disparos con los fuertes defensivos de La Habana... Los habaneros no decayeron en su tenacidad ni en su firmeza, animados por el ejemplo del licenciado Damián Velázquez de Contreras, gobernador de la Isla, y del capitán Cristóbal de Aranda, castellano de El Morro”.[39]En resumen, estuvieron fondeando frente a La Habana durante un mes, cavilando sobre sus defensas y fue allí, en aguas cubanas, donde Enrico exhaló su último suspiro. Tocó entonces a su remplazo, el almirante Adriaen Claesz, hacerse cargo de una expedición diezmada y al borde del amotinamiento, cuyos remanentes llegaron de vuelta a Holanda en julio de 1626.

Por lo demás, el destino de los 16 prisioneros de guerra que quedaron cautivos en San Juan aparece descrito en unas breves notas de Haro. Se informa que al menos 6 lograron escapar por negligencia de un soldado, pero que fueron objeto de una intensa persecución por mar y tierra siendo capturados al cabo de seis días. Al final, uno de ellos, trompeta para más señas, fue remitido a Santo Domingo y 11 se “arrepintieron” y convirtieron en cristianos, escapando así de la horca.

Una remesa especial: los medicamentos enviados desde Santo Domingo

Cuando Enrico llegó a la ciudad de San Juan, había en ella dos centros de atención sanitaria: la antigua casa de los gobernadores, que luego del gobierno de Mercado quedó convertida en “hospital de soldados” y el hospital de la ciudad.[40] Como en casi toda la periferia, el mestizaje (social y cultural), la prosperidad económica y el volumen de la población, fueron factores que condicionaron la práctica y desarrollo de la farmacología y las ciencias médicas. La ausencia de facultativos era la norma antes que la excepción y afectaba, por igual, a civiles y militares. Para paliar la dramática escasez de médicos, había quien recurriría a barberos e incluso a curanderos.

Y, aunque las crónicas no dan cuenta de la presencia o el número de médicos, barberos, boticarios, cirujanos o curanderos que había entonces en la ciudad, los fondos de la real hacienda han permitido determinar que en 1624 había un doctor llamado Antonio de Almeyda, y que Alonso Ruiz se desempeñaba como administrador del hospital del “señor Santiago”. Se sabe, por otra parte, que el consuelo espiritual de los heridos y moribundos, en una época en que el buen morir y la salvación del alma constituían una autentica prioridad, estuvo a cargo de fray Antonio de Rojas, de la orden de predicadores.

Hay que advertir, además, que la asistencia sanitaria de la tropa, derivada del resguardo de las fronteras y la actividad bélica, había adquirido carácter indispensable desde el reinado de los Reyes Católicos. De donde se sigue que, durante el reinado de Carlos I y Felipe II, se promulgaron distintos textos legislativos que ordenaban y regulaban la fundación y el funcionamiento de los hospitales en España e Indias.

Por lo que se refiere a la lista objeto de nuestro estudio, se trata de medicamentos comunes a cualquier hospital de campaña del siglo XVII. Los hay vegetales y minerales, aceites, ungüentos y pólvoras. El hecho de que se solicitasen y/o enviasen estos medicamentos es prueba de que la guarnición de Puerto Rico debía contar, para estas fechas, con un médico, un cirujano o cuando menos un barbero y de que en Santo Domingo existía una botica capaz de acopiar y preparar el material requerido.

De acuerdo con el informe de Diego de Acuña, titulado Memoria de las medicinas que el presidente de Santo Domingo envió por segunda vez al gobernador de Puerto Rico estando sitiado en el Morro a su pedimento para curar heridos, se remitieron:

Un frasco de trementina. Se empleaba para elaborar ungüentos y pomadas cicatrizantes. De manera que se aplicaba como cataplasma sobre toda el área afectada. Se aplicaba en “llagas”, “punturas ciegas”,[41] suturas y se consideraba efectiva para tratar los golpes, las fracturas, las torceduras y el dolor.

Otro de aceite rrosado. Fue el de uso más común en cirugía. Galeno distingue tres tipos: uno hecho de olivas verdes y rosas que no estuviesen bien abiertas, usado para combatir la inflamación; el segundo resultaba de la combinación de aceite común y rosas, dejando que la infusión cuajase durante algunos días, y luego se empleaba sobre inflamaciones o quemaduras; el último, se hacía con el zumo de las rosas y se mezclaba con aceite.

Otro de aceite de mansanillas. A la manzanilla se le atribuyen propiedades antiinflamatorias, cicatrizantes, analgésicas, antisépticas y bacteriostáticas. Quizás por eso, Daza Chacón lo recomienda para “mitigar el dolor”.51

Otro de aceite de lombrices. Producto empleado tanto en el tratamiento de golpes, contusiones, inflamaciones, llagas y úlceras, como para fortalecer nervios. Calvo afirma que ayudaba a los nervios a “curar, encarnar y cicatrizar y mitiga maravillosamente el dolor”.[42]

Otro de aceite de Aparicio. Este producto debe su nombre a Aparicio de Zubia, curandero morisco nacido en Vizcaya. Se utilizaba para curar toda suerte de llagas y heridas y se componía a partir de aceite de oliva, hipérico, romero, lombrices de tierra, trementina, resina de enebro, incienso y almáciga en polvo, Cervantes lo cita en la segunda parte del Quijote.

Piedra alumbre. Usada, en opinión de Dioscórides, para “mundificar, reprimir y encorar las llagas de las partes secretas”.[43] Es decir que, administrado en cantidades pequeñas, servía para cicatrizar las llagas. Calvo agrega que tenía “facultad de cauterizar, de consumir la carne mala y fungosa que en las llagas suele crecer”.[44]

Dos libras de solimán. Antiséptico. Conocido también como sublimado, es cloruro de mercurio y por extensión al arsénico, un veneno de extraordinaria eficacia, utilizado por la farmacopea medieval para tratar el morbo gálico. No en vano, agrega Dioscórides que “se administra en beneficio de algún cuerpo infecto del mal francés”. Según Daza Chacón, se trata de un “gran medicamento para atajar el flujo de sangre”.

Una de cardenillo. Sal que resuelve, deseca, consume y come la carne tierna y también la dura. Fue utilizado, también, como veneno para eliminar las plagas caseras. Covarrubias lo define como “flor o herrumbre del cobre”.[45]

Media de diaquilón. Ungüento cuya base era el mucílago procedente de diferentes plantas, con el que se hacen emplastos para ablandar los tumores. Conocemos dos variantes, el emplasto diaquilón mayor y menor. La preparación del menor se realizaba con pocos ingredientes y era característico por su color blanco. Respecto al mayor, en su composición entraban, además de los mucílagos, litargirio, fenogreco, altea, pasas, higos, zumo de íride, esquila, cera, trementina, resina e hisopo. Se utilizaba para reducir la inflamación y el dolor.

Una de hoja de sen. Es una especia de cassia. Las propiedades del sen como laxante son ampliamente conocidas. En este caso, se empleaba para limpiar los intestinos antes de una cirugía.

Flor de manzanilla. También conocida como camomila común o manzanilla romana, se utilizaba para tratar quemaduras, eccemas, inflamaciones, heridas y úlceras.

Antimoni media libra. Fragoso alega que era de gran utilidad en enfermedades graves y melancólicas. Aplicados localmente, los compuestos de antimonio tenían efectos cáusticos.[46]

Ungüento rosado un frasco. Untado con una pluma, servía para refrescar y calmar el dolor. Se obtenía combinando pétalos de rosas y manteca de cerdo.

Ungüento sandalino un frasco. Antiinflamatorio, utilizado también para combatir las afecciones hepáticas. Hecho a base de sándalo.

Ungüento blanco un frasco. Se formaba a partir de albayalde, cera y aceite rosado. Se aplicaba a las quemaduras y se usaba para refrescar y mitigar las inflamaciones.57 Adquirió su nombre gracias a su característico color albo.

Ungüento de plomo. Según la teoría medica del siglo XVI servía para desecar las llagas (Fragoso) y mitigar inflamaciones (Calvo).

Ungüento apostolorum. Llamado así porque en su elaboración se utilizaban doce medicamentos, como los doce apóstoles. Se trata de una cataplasma confeccionada con gálbano, gomorresina de cañaheja y opopónaco, triturados, macerados y luego hervidos en vino añejo. Tras pasarlos por un colador, se añaden litargirio hervido en aceite, junto a cera, colofonia, almáciga, incienso, mirra, bedelio, goma de encina y trementina, incorporando después sarcocola, calamina, cobre quemado, díctamo y aristoloquia redonda triturada. Se usaba para las fístulas de difícil cicatrización, para las escrófulas rebeldes y para limpiar llagas. Figura en el catálogo del protomédico Andrés Zamudio, como "cosas de que los boticarios han de tener en sus boticas".[47]

Conclusión

Varias fueron las causas del éxito de los españoles y criollos durante la invasión a San Juan de 1625. Como se ha visto, fueron cruciales las tácticas de guerra y repartición de roles puestas en marcha por Haro y sus oficiales durante las semanas del asedio. A esto hay que unir la sólida construcción del Morro y la diligente gestión de refuerzos, víveres y municiones a cargo de funcionarios civiles y militares, evitando proporcionar a los holandeses el más mínimo indicio que delatase las precariedades que se padecían dentro de los muros del castillo.

Los sitiados montaron una efectiva y denodada defensa, combinación de estrategias convencionales y no convencionales, que fueron socavando la moral del enemigo. La declaración de intenciones de Haro, en carta a Enrico del 1 de octubre, es bastante reveladora: “con 13 años en Flandes donde he visto las bravatas de aquella tierra y saber lo que son sitios”.[48] Más que un hueso duro de roer, el gobernador fue un verdadero clavo en el zapato del general holandés.

El principal fallo de los neerlandeses, en cambio, residió tanto en la incapacidad de cortar las líneas de abastecimiento, como en el desconocimiento del terreno y la imposibilidad de controlar las zonas aledañas de la ciudad, en particular la boca del río Bayamón, las marismas y bosques de manglares circundantes.

Paradójicamente, el Annus mirabilis de la Monarquía Hispánica dejaba a Puerto Rico en un estado de auténtica crisis, agravado aún más por la pérdida del situado correspondiente en las costas de la Florida. Durante los años siguientes, las tormentas y la falta de liquidez se levantarían como un valladar frente a las aspiraciones locales de reconstruir la ciudad. Sin embargo, como resultado del ataque, la corona emprendió la construcción y/o la readecuación de la estructura defensiva, decretando la erección de nuevos baluartes que complementasen los ya existentes.

Entendemos que, sobre la base de estas experiencias (y en prevención de futuras amenazas), surgió también el proyecto de la Unión de Armas, presentado ante el Consejo de Estado, el 13 de noviembre de 1625, por el Conde Duque de Olivares. Sin ánimos de extendernos en consideraciones, el valido de Felipe IV planteaba entonces la creación de una comunidad defensiva, que distribuyese la carga económica y militar entre los diferentes territorios de la Monarquía Hispánica y que respondiese a la “comunión” de intereses encarnada, en este caso, por la real persona. Una respuesta contundente al Groot Desseyn que halló, sin embargo, poco apoyo entre el resto de los reinos peninsulares y, por lo tanto, no prosperó.

Galería biográfica

Acuña y Ulloa, Diego de. Natural de Toro, hijo de Juan de Acuña y Portocarrero, cuarto señor de Pajares e Isabel de Ulloa. Militar, diplomático y doctor en derecho civil, pasó a Nápoles en 1581, para luego servir como capitán de infantería y caballos en el ejército de Flandes. Gentilhombre de cámara del archiduque Alberto (quien le recomendó por sendas cartas dadas en Bruselas y Marimont a 17 de agosto de 1600[49] y 12 de Octubre de 1609, respectivamente), obtuvo merced de un hábito de la orden de Alcántara en 1592. De largo recorrido en la administración indiana, fue gobernador de Cartagena Indias (1614-1619) y gobernador, capitán general y presidente de la Real Audiencia de Santo Domingo, obteniendo licencia para pasar a ocupar su plaza el 2 de julio de 1624, juntamente con su esposa y sobrina Ana de Acuña y Urríes,[50] sus hijos Juan e Isabel y 10 criados.[51] Su juicio de residencia concluyó en 1630, con un solo cargo. Capitán general y presidente de la Real Audiencia de Guatemala por título del 20 de junio de 1626, llegó a su destino el 21 de abril de 1627, permaneciendo allí hasta 1634. Obtuvo la encomienda de Hornos y otorgó testamento en Toro, el 4 de octubre de 1635, a fe del escribano Antonio García, falleciendo el día 11 del mismo mes.

Amézqueta y Quijano, Juan. Oriundo de Villafranca, hijo de Juan de Amézqueta y Catalina de Obregón.[52] Sirvió largo tiempo en Flandes, en las galeras de Génova y en el Levante,[53] estando cautivo de los turcos durante catorce años. Fue rescatado a su costa, volviendo a servir en Messina en el año de 1601 y en las jornadas de Argel (1601 y 1602). Pasó a Puerto Rico en 1602 por alférez de capitán de infantería, recibiendo, posteriormente, un entretenimiento de 30 escudos en la Flota de Nueva España hasta que, en 1607, sentó plaza de capitán en una de las compañías del presidio de San Juan.65 Propietario de tierras en la ribera del río Loíza, en el sitio denominado “Oyo Mulas” y de un hato llamado “Lacompaña”, fue gobernador interino de la isla de Puerto Rico, por ausencia del gobernador Beaumont. El papel que desempeñó durante el ataque de Balduino Enrico a San Juan, en 1625, le reportó un pequeño donativo, dado por real provisión del 25 de agosto de 1626. Fue designado gobernador de Santiago de Cuba por título del 4 de abril de 1632, pasando a su destino al año siguiente. Estando allí, repelió el intento de Cornelis Jol (Pie de Palo) de invadir la ciudad (1635). Su hoja de vida apunta a que estuvo activo durante cincuenta y dos años, bajo el reinado de tres monarcas distintos. Fue esposo de doña Francisca de Gamboa, con quien procreó varios hijos. Parece haber fundado mayorazgo sobre sus bienes, pues de ello hacen mención sus descendientes en algún momento del siglo XVIII. Fue sometido a juicio de residencia, del cual se dictó sentencia definitiva en 1640.

Enrico, Balduino. Marino, comerciante y diputado de los Estados Generales, vecino de Edam, donde había sido alcalde (1617, 1620, 1621) y concejal del vroedschap (consejo municipal, constituido bajo un modelo censitario, cuyos concejales debían cumplir con dos condiciones: ser miembros de la Iglesia Reformada y poseer una vivienda), además de haber ejercido como pannenman u oficial encargado de gestionar y supervisar el proceso de refinamiento de la sal en las salinas o zoutketen. La calidad, el sabor y el tamaño del grano y, por ende, el precio del producto, dependían

de su experiencia y pericia en una época en la que el conocimiento químico de las sales era prácticamente inexistente. Fue designado, alrededor del año de 1625, general de la WIC y en tal virtud embarcó hacia la Bahía de Todos los Santos, Brasil, para reforzar las fuerzas holandesas apostadas allí. Luego de un periplo de nueve meses murió en aguas cubanas en julio de 1626. En palabras de Vranke, su cuerpo fue trasladado a Holanda, recibiendo sepultura en la Iglesia de su ciudad natal. Su hijo Marten Boudewijnſz fue también burgomaestre (alcalde) de Edam.

Vargas y Asejas, Juan de. Natural de Letur, Albacete. Hijo del general Alonso de Vargas y de Inés de Asejas. Formado en los tercios, fue cruzado, en 1613, con un hábito de la Orden de Santiago. Años después, por título del 1 de julio de 1620, fue designado gobernador, capitán general de Puerto Rico y alcaide de su fortaleza, por término de cinco años, de manera que cesó en el cargo el 29 de agosto de 1625. Ayudó al recién nombrado gobernador y encargado de su residencia, Juan de Haro, en la defensa de la ciudad de San Juan cuando los holandeses la atacaron entre septiembre y noviembre de 1625. Poco más tarde, en 1628, fue nombrado gobernador y capitán general de Yucatán, tomando posesión el 15 de septiembre de dicho año y permaneciendo en el cargo hasta diciembre de 1630, en que fue destituido por el visitador Iñigo de Argüello. Falleció en una mazmorra de la ciudad de México, en algún momento del año 1631.

Haro y Sanvítores, Juan. De familia hidalga, segundogénito del capitán Juan de Haro y Loarte y de Inés de la Peña Sanvítores, natural de Burgos. Participó como alférez en las campañas de Flandes, hallándose en las conquistas de Cambrai (1595), Calais y Ardres (1596). A poco de la mudanza de siglo, obtuvo licencia para regresar a España, pasando a servir en la Armada de la Mar Océano. Un lustro más tarde, en febrero de 1605, zarpó de Sanlúcar de Barrameda, como capitán de una compañía del Tercio de Galeones de la Armada de la Guarda de la Carrera de Indias. Iba embarcado en la Armada de Tierra Firme, en la que servía también como capitán de mar y guerra del galeón San Gregorio. Durante el tornaviaje, la formación fue embestida por un huracán que provocó la perdida de cinco naves. Por acuerdo de los capitanes, tocó al San Gregorio enarbolar el pendón almirante, poniendo rumbo a la Habana, vía Jamaica, y regresando a Cádiz en otoño de 1606 con un cargamento de 3,5 millones de pesos en sus bodegas. Aquel importante servicio le valió, en 1607, el nombramiento de gobernador del Tercio de la Armada de la Guarda. En 1614 fue designado gobernador y capitán general de Nueva Andalucía, hacia donde embarcó en marzo del siguiente año. En su residencia, Haro fue acusado de dieciséis cargos que su juez y sucesor, Diego de Arroyo y Daza, redujo a nueve. El Consejo sólo le condenó en cuatro, pero rebajando la cuantía de la sanción impuesta por Arroyo en tres de ellos, que no obstaron para que fuera reputado por bueno y honrado gobernador. Se retiró a Medina del Campo, su solar de origen, donde aguardaría la oferta de un nuevo destino. De suerte que fue promovido al gobierno de Puerto Rico, por título expedido el 6 de abril de 1625, tomando posesión el 29 de agosto. Fue el último individuo en ostentar el título de gobernador y alcaide de la fortaleza simultáneamente. En la isla, le tocó enfrentar el ataque holandés liderado por Balduino Enrico del 25 de septiembre al 2 de noviembre de 1625. Por su heroico comportamiento, Felipe IV le concedió el hábito de Santiago, una pensión de 400 ducados anuales y un pago único de otros 2.000 ducados adicionales. Su gestión en la isla estuvo consagrada a la reedificación de la capital y sus defensas, pero en su residencia, iniciada en 1631 por Enrique Enríquez de Sotomayor, afloraron una serie de anomalías. Ante lo abultado de los cargos, el juez decretó, a finales de 1631, el embargo de sus bienes y los de su esposa, Ana de Mendoza. Dos meses después, exhaló su último suspiro, recibiendo sepultura en la iglesia Santo Tomás de Aquino, de San Juan. La sentencia del Consejo, fallada en 1635, le condenó en catorce de los treinta cargos incriminatorios. La multa impuesta, finalmente, a su hija y heredera, Graciana de Haro y Mendoza —esposa del contador Miguel de Chávarri—ascendió a 2.000 ducados.

Glosario

Damajagua, árbol de la familia de las malváceas, su corteza fibrosa sirve para hacer sogas.

Jagüey, pertenece a la familia de las moráceas, cuya corteza sirve como materia prima para hacer sogas.

Lanada, instrumento para limpiar y refrescar el alma de las piezas de artillería después de haberlas disparado, que consta de una asta algo más larga que la pieza, con un zoquete cilíndrico en el extremo donde va liada la feminela.

Revellín, del italiano revellino. Obra exterior, en forma de triángulo, adosada a las murallas, con la punta hacia el enemigo y la base sin fortificar, para poder permitir un repliegue rápido. Forma parte del diseño llamado de traza italiana, de gran predicamento entre los siglos XVI y XVII. Tenía como propósito dividir al atacante. De ahí que su altura tendría que ser inferior a las murallas, para no interferir el tiro desde ellas y para quedar a su merced en caso de ser tomado.

Fuentes consultadas

De archivo

AGI. Contaduría 1077, N. 1

AGI. Contratación 5299, N. 2. R. 52

AGI. Contratación 5389, N. 84

AGI. Contratación 5393, N. 46

AGI. Contratación 5393, N. 53

AGI. Indiferente 117, N. 48

AGI. Indiferente 129, N. 19

AGI. Indiferente 145, N. 44

AGI. Indiferente 202, N. 30

AGI. Santo Domingo 32, R. 5, N. 33

AGI. Santo Domingo 55, R. 5, N. 38

JCBL. Record number 03502-3

MNP. Colección, P00653

NANETH. Signatura NL-HaNA 4.VEL_771

NANETH. Signatura NL-HaNA 1.01.02, inv. nr. 3185, scannr. 0027

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UBG. Call no. BHSL.HS.0427

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@archipielagohistorico El ataque holandés de San Juan en 1625 [Manuel Minero González], https://www.youtube.com/watch?v=W20ysGuqr3E

@elcayito Cuando San Juan fue Holandés, https://www. youtube.com/watch?v=WGPncYrISEs

Historia hispánica, https://historia-hispanica.rah.es/ biografias/3293-juan-amezqueta-quijano

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Vocabulario del comercio medieval, http://www.

um.es/lexico-comercio-medieval



[1] Se entienden por Provincias Unidas las demarcaciones del norte de los Países Bajos que se rebelaron contra la monarquía hispánica y calzaron con sus firmas la Unión de Utrecht de 1579 y el Acta de Abjuración de 1581, teniendo todas por supremo órgano ejecutivo y legislativo a los Estados Generales, con asiento en La Haya. Estas siete provincias fueron Holanda, Zelanda, Utrecht, Gelderland, Overijssel, Groninga y Frisia.

[2] La presencia neerlandesa en el Caribe arranca, de manera regular, en la última década del siglo XVI, con la aparición escalonada de contrabandistas, cargadores de sal y corsarios. Los movimientos que produjo el mineral blanco, en tanto que insumo fundamental para la producción de quesos y mantequilla, la preservación del arenque e incluso para su propio refinamiento, son realmente asombrosos y han sido ampliamente estudiados. Y es, precisamente, por la importancia que revestía para su comercio, que la sal ha sido considerada por algún autor como el oro de los Países Bajos. En cualquier caso, esta presión de los holandeses, previo a la Tregua de los Doce Años, es un clásico ejemplo de guerra de desgaste, que obligó a la Monarquía Católica a desatender espacios periféricos o de poco interés, como Virginia, las Guayanas y las “islas inútiles”, todos perdidos gradualmente a manos de ingleses, franceses,

[3] Para muestra, ya en 1624 había circulado en Holanda un impreso titulado Redenen, vvaeromme de vvest-Indische Compagnie dient te trachten het Landt van Brasilia den coninck van Spangien te ontmachtigen, en dat ten eersten, dirigido por Jan Andries Moerbeeck al príncipe de Orange y a los Estados Generales de las Provincias Unidas, justificando la necesidad dearrebatarle la tierra del Brasil al Rey de España” (T. del A.) BBM. 4542.

[4] Jonathan I. Israel, “Spain and the Netherlands 16181648”, Past & Present. A journal of historical studies vol. 76, num. 1 (Oxford: Oxford University Press, 1977), 39. No en vano, a España se le denominaba comúnmente como el erf-vijand o enemigo hereditario.

[5] Cornelis Ch. Goslinga, The dutch in the Caribbean and on the Wild Coast 1580-1680, (Gainesville: University of Florida Press, 1971), 90.

[6] Consideratien ende redenen der e herren bewind-hebberen, vande geoctrojeerde West-Indische Compagnie inde vergaederinghe vande Ed. hoog-Moghende heren Staten Generael deser Vereenigde vrye Nederlanden overgelevert, nopende de teghenwoordige deliberatie over den treves met den coning van Hispanjen. Midtsgaders conscientieuse bedenckingen op dese Vrage, ofmen in goeder conscientie mach Treves maecken

[7] Eleazar Córdova Bello, Compañías holandesas de Navegación, agentes de colonización neerlandesa. (Sevilla: Escuela de Estudios Hispanoamericanos, 1964), 35.

[8] Como William Usselincx y Johannes de Laet, por solo citar dos ejemplos.

[9] Siendo los de mayor entidad los nombrados Roode Leeuw, Omlandia, Medenblick, de Blaeuwe Leeuw, Valck, Meulen, de Witte Leeuw, Geele Sonne, Leyden, de Hoope van Dordrecht, de Goude Sonne, de Kleyne Tijger, Horne, de Gulde Molen, Vlissingen y el Nieuw-Nederlandt.

[10] Juan Melgarejo, “Memoria y descripción de la isla de Puerto Rico”, Coll y Toste, Cayetano (ed.) Boletín Histórico de Puerto Rico T. I (New York: Kraus Reprint Corp. 1968), 87.

[11] Melgarejo, Juan. “Memoria y descripción…”, 88-89. 15 Melgarejo, Juan, “Memoria y descripción…”, 87.

[12] Enriqueta Vila Vilar, Historia de Puerto Rico 1600-1650. (Sevilla: Escuela de Estudios Hispanoamericanos, 1974), 32.

[13] Jenniffer Wolff, “Emaranhado: Puerto Rico y el comercio trasatlántico de esclavos, 1580-1630”, Consuelo Naranjo Orovio, (ed.), Sometidos a la esclavitud: los africanos y sus descendientes en el Caribe hispano, (Santa Marta: Editorial Universidad del Magdalena, 2021), 118.

[14] Jenniffer Wolff, “Emaranhado…”, 122.

[15] Partió para La Habana, en busca de socorros, entregando las cuentas a Juan de Soto de Vega. Este Soto había sido, anteriormente, “administrador de los esclavos de su majestad” AGI, Contaduría 1077, N. 1.

[16] Sustituto del fallecido Pedro de Lizana. Es de presumir que no había tomado posesión del cargo y que viajó en la flota de 1626, pues su licencia definitiva para pasar a Indias fue dada el 11 de julio de 1625. AGI. Contratación 5393, N. 53.

[17] Ausente en España. Sustituyó a Miguel de las Bastidas o a Diego Polo y obtuvo licencia para regresar a San Juan el 10 de julio de 1625, con lo cual es probable que también haya emprendido la singladura en 1626. AGI. Contratación 5393, N. 46.

[18] Parece haber viajado a Puerto Rico en 1607. AGI. Contratación 5299, N. 2. R. 52.

[19] AGI, Contaduría 1077, N. 1

[20] Haro alega que fueron 18 navíos, de los cuales uno había quedado a sotavento de la bahía. De acuerdo con su crónica, el mismo día 25 decidió desplegar y movilizar la guarnición a la vista de la flota holandesa, con la esperanza de que Enrico desistiese en su empeño de tomar la plaza.

[21] Diego de Larrasa, “Relación de la entrada y cerco del enemigo Boudoyno Henrico, general de la armada del Príncipe de Orange en la ciudad de Puerto-Rico de las Indias” en Iñigo Abad y Lasierra, Historia geográfica,

[22] AGI, Contaduría 1077, N. 1.

[23] El mismo cronista continúa explicando que las dificultades que encontraron para maniobrar e ingresar al puerto (debido a sus bajos fondos) impidieron desembarcar tropas antes del 26, dando esto a los españoles el tiempo necesario para preparar la defensa y poner a salvo sus posesiones. Joannes de Laet, Historie Ofte…, 60.

[24] Diego de Larrasa, “Relación de la entrada…”, 169.

[25] Diego de Larrasa, “Relación de la entrada…”, 170.

[26] Asalto por sorpresa de las trincheras enemigas. Llamadas así por el uso distintivo de camisas o trapos blancos por parte de las fuerzas combinadas de criollos y peninsulares, para poder diferenciarse del enemigo.

[27] Diego de Larrasa, “Relación de la entrada…”, 172.

[28] Van Dam, C. F. A. (trad.) Nederlandsche zeevaarders op de eilanden in de Caraïbische zee en aan de kust van Columbia en Venezuela gedurende de jaren 1621-1648 documenten hoofdzakelijk uit het Archivo General de Indias te Sevilla bijeengebracht en uitgegeven door Irene A. Wright B. A. deel I, 1621-1641 (Utrecht: Kemink en zoon, 1934), 57.

[29] Diego de Larrasa, “Relación de la entrada…”, 172.

[30] Propiedad del conde Mauricio, de quinientas cuarenta toneladas, armada con treinta y dos cañones y tripulada por ciento veintiséis hombres. Semanas después de haber abandonado San Juan, el almirante se planteó regresar a recuperar el Medenblink, arguyendo que regresar a Holanda sin él podría costarle la vida.

[31] AGI. Indiferente 145, N. 44.

[32] Diego de Larrasa, “Relación de la entrada…”, 175.

[33] Vila Vilar, Enriqueta, Historia de…, 144-145.

[34] Relación de los servicios del capitán Miguel de Chaporta Mezeta. AGI. Indiferente 117, N. 48.

[35] Archief van der Staten-Generaal. Ordinaris resolutie van 24 Jan. 1626. L. 3185, fol. 24. NANETH. Signatura NL-HaNA 1.01.02, inv. nr. 3185, scannr. 0027. Para una consulta más amplia de las resoluciones de los Estados Generales, se recomienda visitar la web del proyecto

Goet Gevonden https://goetgevonden.nl

[36] Joannes de Laet, Mundo Nuevo o descripción de las Indias Occidentales, (Caracas: Universidad Simón Bolívar, 1988), 66.

[37] AGI. Santo Domingo 55, R. 5, N. 38.

[38] AGI. Santo Domingo 55, R. 5, N. 38.

[39] Emeterio S. Santovenia, Un día como hoy (La Habana: Editorial Trópico, 1946), 373-374.

[40] Dávila y Lugo, Francisco. Discurso Sobre La Importancia y Conservación De La Plaza e Isla De Puerto-Rico Por D. Francisco Dávila, y Lyg, Que Hà Estado Quince Meses Prisionero Del Enemigo Olandes. 1784. Universiteit Bibliotheek Gent. Call no. BHSL.HS.0427, fol. 61.

[41] Dionisio Daza Chacón, Práctica y teórica de cirugía en romance y latín, (Madrid: En la imprenta del reino, por Lucas Antonio de Bedmar y Valdivia, 1678), fol. 100. 51 Dionisio Daza Chacón, Práctica…, fol. 105.

[42] Juan Calvo, Segunda parte de la medicina y cirugía que trata de las ulceras, en general y particular, y del Antidotario. (Valencia: En casa de Juan Chrisostomo Garriz, 1599), fols. 415-416.

[43] Pedacius Dioscórides, Acerca de la materia medicinal y de los venenos mortíferos, (Anvers: En casa de Juan Latio, 1555), fol. 549.

[44] Juan Calvo, Segunda parte…, fol. 404.

[45] Sebastián de Covarrubias Orozco, Tesoro de la Lengua Castellana o Española, (Madrid: Por Luis Sánchez, 1611), fol. 201 v.

[46] José Luis Fresquet Febrer, “El uso de productos del reino mineral en la terapéutica del siglo XVI. El libro de los Medicamentos simples de Juan Fragoso (1581) y el Antidotario de Juan Calvo (1580)”, Asclepio: Revista de historia de la medicina y de la ciencia vol. 51, núm. 1, (Madrid: Centro de Ciencias Humanas y Sociales, 1999), 68. 57 Juan Calvo, Segunda parte…, fol. 449.

[47] Charles Davis y María Luz López Terrada, “Protomedicato y farmacia en Castilla a finales del siglo XVI: edición crítica del Catálogo de las cosas que los boticarios han de tener en sus boticas, de Andrés Zamudio de Alfaro, protomédico general (1592-1599)”, Asclepio: Revista de historia de la medicina y de la ciencia vol. 62, núm. 2 (Madrid: Centro de Ciencias Humanas y Sociales, 2010), 579-626.

[48] Diego de Larrasa, “Relación de la entrada…”, 169.

[49] Colección de documentos inéditos para la historia de España t. XLII, (Madrid: Imprenta de la viuda de Calero, 1863), 355.

[50] Hija de Pedro de Acuña y doña Ana de Urríes. Francisco Fernández de Bethencourt, Historia genealógica y heráldica de la monarquía española. Casa real y grandes de España t. III (Madrid: Establecimiento tipográfico de Enrique Teodoro, 1901), 136-137.

[51] AGI. Contratación 5389, N. 84.

[52] Luis Rafael Burset Flores, Diccionario biográfico de residentes en la cuenca del Caribe t. II (Santo Domingo: Archivo General de la Nación, 2020), 285.

[53] AGI. Indiferente 202, N. 30 e Indiferente 129, N. 19. 65 AGI. Contratación 5299, N.2, R.52.